No es el resultado lo que tienes, es el fruto que produciste
El mundo exige resultados como prueba de autoridad. “Muestra lo que has hecho bien y tal vez escuchen tus palabras.”
Eso no está totalmente mal, pero crea en nosotros una mentalidad equivocada.
Jesús murió en una cruz. A los ojos del mundo, Él perdió. A los ojos de los judíos que querían destruir Roma, Él perdió. Sin embargo, a los ojos del Padre, Él ganó.
Con una mentalidad basada en resultados, no habría sentido escuchar a Jesús.
Sin embargo, en el Reino de Dios, las cosas son diferentes, ¿entiendes? El Reino está de cabeza para abajo. El primero es el último, y el último es el primero. Quien muere, vive; quien vive, muere.
En el mundo, la vida se mide por el resultado, por la cantidad de lo que tienes o dejas de tener: dinero, fama, éxito.
En el Reino, la vida se mide por el fruto que producimos para alimentar a otros. No es sobre cantidad, sino calidad. Importa cuán maduro y sabroso es ese fruto y cuán fértiles pueden ser las semillas que produce.
Por eso, Jesús nos dijo que demos frutos que permanezcan. Pues todo fruto debe llevar una semilla con el mismo ADN que lo generó, perpetuando lo que se creó.
Somos frutos de doce hombres que entregaron sus vidas. El fruto de ellos permaneció.
El diablo siempre irá contra ti usando resultados, te minimizando y desanimándote.
Jesús, por otro lado, siempre mira al fruto y nos dice: Has sido fiel en poco, te pondré sobre mucho.